Un lapso hacia el centro de nuestras heridas: El viaje de Pakari

Cuando las luces se apagaron y el telón se abrió, lo que apareció frente a nosotros no fue únicamente una representación teatral: fue un ensayo vivo sobre las tensiones que atraviesan nuestra época. El viaje de Pakari se presenta como un relato fantástico, pero su verdadera potencia radica en cómo consigue hablar del presente con una crudeza que rara vez se permite el teatro familiar. Detrás de las marionetas, los juegos de luces y la música compuesta especialmente para la obra, late una pregunta incómoda: ¿qué estamos haciendo con nuestro mundo y qué tan dispuestos estamos a rebelarnos contra las formas de vida que nos imponen?

Desde los primeros acordes, quedó claro que la propuesta no busca refugiarse en la ligereza ni en el escapismo. La música, construida como una partitura de vibraciones que se mueven entre lo lúdico y lo sombrío, abre un espacio de imaginación, pero también de confrontación. Las letras, por momentos cercanas a la poesía oral, nos arrojan preguntas que resuenan más allá del escenario: “¿Y qué harías si en un día todo cambiara?” No es una invitación a fantasear, sino un desafío a reconocer la fragilidad de nuestras certezas.

Ver El viaje de Pakari en Arica fue entrar en un territorio donde la fábula y la crítica social se entrelazan. El montaje juega con la estética del cuento, pero sus imágenes (el árbol que llora por la pérdida de las raíces de los suyos y su propia soledad, el mundo devorado por el plástico, el juicio a las criaturas que se niegan a ser lo que se espera de ellas) no permiten la evasión. Al contrario, nos obligan a reconocer que la fábula somos nosotros, que la distopía está aquí y que el verdadero viaje de Pakari es el de una sociedad que aún no sabe si tiene la valentía para cambiar su destino. 

La música como médula de la obra

Para alguien que vive la música como lenguaje, lo primero que me estremeció fue la sonoridad. Las composiciones (todas originales) no eran mero acompañamiento, sino atmósferas en sí mismas. Cada vibración parecía abrir un pasadizo imaginativo distinto. Por momentos infantil y lúdico, por momentos surreal, casi onírico. El dueto en vivo se convirtió en un organismo que modulaba la respiración del público.
Las letras, eran pura poesía: frases como “¿Y qué harías si en un día todo cambiara?” perforaban la superficie para hundirse en nuestras certezas más frágiles. Y cuando los abuelos de Pakari cantaban versos que sugerían salir de la sombra para buscar la luz, la sala se volvió confidente de algo mayor, la pregunta sobre si somos capaces de escapar de nuestras narrativas más dolorosas. Yo lloré, como niña y como mujer, porque en ese momento el escenario me devolvió el eco de mis propias batallas.

Una dramaturgia de metáforas contundentes

Pakari se adentra en un universo paralelo que no es del todo alterno, es el reflejo deformado (y por eso exacto) de nuestro presente. Uno de los momentos más impactantes fue el del sauce que llora. La voz que encarnaba el llanto del árbol me estremecía de raíz, porque hablaba de deforestación, de la ruptura de esa comunicación subterránea que sabemos que los árboles mantienen entre sí. Era un lamento ecológico y cósmico que se sentía físico: cada sollozo recorría la piel de la audiencia.

La obra se atreve a dibujar un mapa político: ese mundo de plástico y cemento, gobernado por una reina ficticia creada por un alcalde cobarde, es un retrato feroz de cómo las autoridades delegan responsabilidades y justifican la devastación con discursos vacíos. La canción repetitiva“Plástic-oh, plástic-oh, plástic-oh…” funcionaba como un mantra grotesco que nos devolvía la imagen de nuestro propio consumo irreflexivo y desmedido.

Y como en los mitos griegos, apareció también un Caronte reinventado, un barquero que cobraba lágrimas como peaje para cruzar el lago contaminado. Esa escena, cargada de simbolismo, recordaba que nuestras pérdidas y dolores son la verdadera moneda con la que pagamos la devastación.

Identidad y resistencia

Más allá de la denuncia ecológica y política, la obra alcanzó un nivel de complejidad filosófica que la aleja del rótulo de “teatro infantil”. El juicio que Pakari debe conducir a tres criaturas (una oruga que se resiste a volar, un escarabajo que quiere ser artista en vez de rodar excrementos, y una araña que busca tejer desde la imaginación y no desde la repetición) es una escena que roza la alegoría existencial. Ahí estaba, claro, el dilema de la adolescencia y la adultez temprana: la ruptura con las expectativas heredadas, el miedo a la libertad, el deseo de reinventar la propia esencia.

No se trataba solo de criaturas fantásticas: eran espejos de cualquier joven que descubre que no quiere ser lo que sus padres, sus maestros o su sociedad le ordenan ser. Ese gesto de resistencia, encarnado en la escena, convierte a la obra en una lección política y filosófica de primer orden. Es un recordatorio de que las estructuras que nos definen también pueden convertirse en cárceles, y que romperlas no es un acto de ingratitud, sino de supervivencia. Porque lo que está en juego no es solo la identidad individual, sino la pregunta universal de ¿hasta qué punto tenemos el coraje de dejar atrás la seguridad de lo conocido para inventarnos de nuevo?

Un espectáculo ambicioso y necesario

La riqueza escénica fue desbordante. Los juegos de luces creaban atmósferas que respiraban con la trama, las voces se alzaban sin fisuras, la producción arriesgaba en cada detalle. El ruido excesivo era parte del caos que se intentaba representar en esas horas de una mirada hacia el espejo.  El viaje de Pakari es una obra ambiciosa, concebida para sobrepasar el umbral de lo local y dialogar con tradiciones teatrales universales. sin embargo, lo que más me conmovió fue la forma en que lo hizo desde Arica, con raíces propias, con una estética nacida de su territorio y a la vez abierta a un diálogo global.

El viaje de Pakari no es un espectáculo solo para niños; es un viaje para quienes se atreven a mirar de frente lo que duele. Para quienes todavía creen que el arte debe ser incómodo y transformador. Para quienes reconocen en una marioneta, en un sauce que llora, en un estribillo repetitivo, la posibilidad de repensar nuestras formas de habitar el mundo. 

Pakari no viaja sola; nos arrastra con ella, y en ese arrastre nos obliga a preguntarnos si estamos dispuestos a dejar de ser lo que esperan de nosotros para convertirnos, por fin, en lo que necesitamos ser.


Comentarios

  1. Hermosa obra de teatro musical

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  2. Excelente reflexión la que haces, la obra te lleva a mirar mas allá de donde uno está! El querer hacer otras cosas, el querer cantar y bailar con ellos... Hermosa Obra "El viaje de Pakari" Excelente actores, músicos y bailarines..

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  3. Muchísimas gracias por estas palabras, es un escrito muy completo y de un profundo análisis reflexivo. A veces, quienes trabajamos desde adentro, no nos damos cuenta de todo lo que se puede producir en la audiencia. Bellas palabras.

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  4. Es una obra que logró encantar a grandes y pequeños, que juega con la fantasía y realidad, replantea el presente y el pasado.
    Me encantó y nutrió la imaginación de mi hijo❤️.

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  5. Qué reflexiones más hermosas de este gran trabajo artístico que se ha hecho desde el pulso, la convicción, el amor y la confianza en lo que nos da el teatro, que se vuelve urgente en estos tiempos de devastación de lo común. Gracias por tus pa ras!

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