La adolescencia como forma narrativa: estrategias del deseo y el desencanto en "Contra toda autoridad, excepto…" de Jorge Malpartida Tabuchi
Este libro no necesita una poética ni un manifiesto. Malpartida Tabuchi ha hecho algo más radical; escribir desde dentro del lugar donde la mayoría apenas posa la mirada. Lo adolescente, sí. Pero no desde la nostalgia ni desde el reproche. Tampoco desde la adultez benevolente que se permite recordar su pasado con ternura. El autor no recuerda su adolescencia, la vive. Cada cuento está narrado como si aún no se hubiese salido de ese estado de cosas donde todo es exceso, literalidad y tensión. No hay ironía, pero tampoco sentimentalismo. Hay lucidez precoz.
“Nada serio” es el relato más notable del conjunto. No por su estructura (fragmentaria, polifónica, algo previsible), sino por el nivel de conocimiento que demuestra sobre el microuniverso que construye: chicos que juegan básquet, hablan de playoffs, se fracturan, se obsesionan con Ana. Cada personaje habla con una lengua propia, creíble, nunca paródica. En esa fragmentación está la violencia. Los personajes no dialogan: se suceden. Hablan sobre lo mismo sin escucharse. La polifonía se convierte en polución. Y en el fondo no hay conflicto ético, sino estético, cómo cuando se narra una fiesta de promoción sin caer en lo ridículo, lo folclórico o lo moralizante. Malpartida lo resuelve con un ritmo sostenido y un oído atento. Cada intervención es necesaria. Cada párrafo expone una grieta. Y cuando por fin se produce el colapso (botellas rotas, mamparas caídas, expulsiones), no hay lección ni catarsis. Solo consecuencias. El cuento termina cuando los cuerpos se repliegan. El texto también.
“La tesis del ángel cruel” podría parecer, en manos torpes, una anécdota más de amor juvenil con estética otaku. Pero el cuento sabe contener lo justo. Es una historia de no correspondencia, estructurada a partir de una omisión inicial (no abrir la puerta) que se repite como pesadilla. Aquí sí aparece cierta nostalgia, pero no hay intención de sublimarla. El personaje no elabora su pérdida: la acumula. Hay ausencia de duelo, pero nos envuelve en un loop. Lo que más impresiona es cómo la cultura pop (anime, videojuegos, cartas, foros) no es un decorado, sino un sistema de codificación emocional. Un lugar habitable. Evangelion, en ese sentido, no es una referencia gratuita; es el modelo narrativo que subyace a todo el relato: padre ausente, apocalipsis emocional, deseo que se resuelve en evasión.
El libro entero parece escrito desde un lugar donde el deseo no se organiza todavía; sin embargo, duele. Los personajes deambulan entre clases, fiestas, chats, pero nunca hablan de sí mismos salvo cuando no son escuchados. La estructura fragmentada y el lenguaje explícito no son formas de modernidad ni provocación; son fidelidad.
Este libro apela a una generación, a los que han aprendido a tener solo una forma de vivir el lenguaje, a los que sentimos tener derecho de no explicar nada. El libro no teoriza sobre su propio material. Solo lo dispone y con gran estilo, lo vuelve mucho más eficaz que cualquier discurso sobre juventudes, masculinidades o educación emocional. El texto se desmarca. No educa. No propone. No consuela. Es simplemente literatura bien hecha.
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