Sangro, luego existo
Manual para sangrar sin pedir perdón
Ayer me vino el periodo. Hoy es el segundo día: el más brutal, el más crudo, el que debería venir con advertencia. Siento que sangro por una genealogía de mujeres que nunca descansaron. Y sin embargo, aquí estoy. Con el cuerpo entumecido y el alma acorralada por la obligación. Las horas pasan y el trabajo me espera. Como si mi sangre no importara. Como si yo no fuera cuerpo.
I. El silencio rojo
Desde niñas aprendimos a callar la menstruación: a esconder las toallas como contrabando, a sonreír mientras el abdomen se nos retorcía como bestia herida, a fingir neutralidad mientras sangrábamos en medio de la historia, la química o la gramática. Nos entrenaron en la diplomacia del disimulo, en la ceremonia de lo innombrable.
Simone de Beauvoir escribió que la biología no es destino. Y sin embargo, en este sistema, lo biológico se convierte en subordinación, en sospecha, en desventaja.
No es la sangre lo que duele, es el deber de fingir que no existe. Es la hipocresía civilizada la que enferma. Menstruar no es metáfora, es una experiencia concreta, insistente, encarnada. Es la prueba de que habito un cuerpo cíclico, cambiante, inconforme. Y en esa irregularidad comienza la insubordinación: porque este orden solo respeta los cuerpos que se someten al control.
II. Contra la maquinaria del rendimiento
Nos quieren lineales. Productivas. Limpias. Predecibles. El capitalismo —máquina de eficiencia y simulacro— no sabe qué hacer con la sangre menstrual. No la puede monetizar. No la puede optimizar. No encaja. Incomoda.
Silvia Federici lo dijo con crudeza: el cuerpo femenino fue domesticado para servir al capital, no a sí mismo. No para escucharse, no para detenerse. Solo para producir. ¿Qué lógica enferma puede exigir que una mujer, con cólicos que laceran el vientre, se encuentre horas en la incomodidad de lugares poco amables para el dolor, el sangrado, el mareo, el ahogo de ser útil aunque el cuerpo implosione?
Michel Foucault comprendió que el poder más eficaz no viene de arriba, sino de adentro: de la culpa que sentimos al decir "no puedo", del miedo a ser vistas como débiles, de la autovigilancia. Pero yo ya no quiero disculparme por existir tal como soy. No quiero ser la mujer que sangra en silencio para no incomodar. Quiero ser la mujer que sangra y nombra. Que sangra y escribe. Que sangra y exige. Que sangra y se queda en casa si así lo necesita.
III. Sangre y lenguaje
Virginia Woolf soñaba con una habitación propia. Yo sueño con un día propio para sangrar sin culpa. No por comodidad. Por dignidad.
Nos robaron el lenguaje para nombrar este dolor. Lo disfrazaron de eufemismo: “esos días”, “un malestar”, “cosas de mujeres”. Como si menstruar fuera una falta, una anomalía que debe ocultarse. Como si el cuerpo cíclico no pudiera tener derecho a la escena pública.
Yo no quiero más metáforas. Quiero que la sangre se vuelva argumento. Que entre en las leyes, en los convenios, en los derechos. Que se inscriba sin vergüenza en el contrato social. Que tenga voz y cláusula. Que sea considerada motivo legítimo de pausa, de repliegue, de autocuidado.
IV. Una pedagogía para sangrar
Sé que, como yo, cientos de docentes han impartido clases con el útero afiebrado, con un tampón a punto de desbordar, con la cabeza nublada por hormonas, dolor, sangre y cansancio. Que han corregido pruebas con las piernas cerradas como tenazas para no mancharse. Que han hablado durante horas con una hemorragia como huésped interna.
La rigidez laboral, sin embargo, nos ha enseñado a callar, porque sangrar también es un silencio. Una pedagogía invisible que solo se vuelve política cuando se nombra. Y al nombrarla, se desnaturaliza la violencia: la de exigir rendimiento desde cuerpos rotos, negados, silenciados por diseño.
V. Contra el mito de la mujer fuerte
Nos domesticaron con la idea de que la fuerza es callar. Nos premiaron por aguantar. Nos aplaudieron por seguir de pie. Pero esa fortaleza que se nos exige no es virtud: es castigo. Es una condena que se maquilla de elogio.
Hoy quiero decirlo: mi debilidad también es sabiduría. Mi cansancio tiene historia. Mi sangre merece descanso.
Tanto se ha escrito sobre equidad, paridad, inclusión. ¿Pero de qué sirve toda esa retórica si no se nos permite sangrar en paz? Lo que pido no es un favor. Es una política. Una reforma del cuidado. Una licencia menstrual.
Y si alguien teme que ese derecho “se abuse”, tal vez el abuso sea otro: el de un sistema que ve el descanso como amenaza y el cuerpo como enemigo.
Epílogo: Manual para sangrar sin pedir perdón
Este texto no es una queja. Es una poética del cuerpo que se niega a seguir en silencio. Es una forma de decir: sangro, luego existo. Y no pienso pedir permiso para hacerlo. Si el Estado necesita pruebas, que venga a verme la entrepierna el segundo día. Pero venga con cuidado: encontrará una revolución en curso.

Revolución siempre!
ResponderEliminarBrillante
ResponderEliminarEste texto es un golpe de verdad, necesario y urgente. Estoy totalmente de acuerdo con cada palabra: no es una queja, es una afirmación de existencia. Las referencias que pusiste (Beauvoir, Federici, etc) no solo están bien elegidas, están vivas dentro del texto. No adornan: sostienen, iluminan, acompañan. Porque sí, menstruar es también una experiencia filosófica, histórica y profundamente política. Gracias por escribir esto con tanta claridad y fuerza. Ojalá más personas entendieran que una licencia menstrual no es un privilegio: es una forma mínima de justicia corporal.
ResponderEliminarexelente me hizo recordar mis sangrados desbordantes y mis dolores premenstruales y el lavado de tollitas con el rito de esconderlas para que nadie se de cuenta.
ResponderEliminarmis deseos de abrigarme y descansar ...solo tenía 14 años
Excelente y muy acertado es un punto de vista femenino que no es valorado por los varones.El sexo fuerte es el femenino.
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