Manifiesto de la resistencia Blanda: Una sátira sobre la tiranía de los cuerpos en el s.XXI

   I’m not interested in seeing a perfect image. Perfection is not only boring — it’s a lie.
Deborah Turbeville

    En la zoología moderna, hay una nueva especie en peligro de extinción: la mujer que no habla de su cuerpo como si fuera un proyecto de inversión. Acá, una de ellas. Metro y medio de estatura, ningún interés en abdominales marcados ni en cremas con colágeno marino. Mis amigas hablan de rutinas y sesiones de zumba como si estuvieran salvando al mundo. Yo solo intento siempre llegar a un dialogo ligero pero sustancial sin que me interrumpan o ignoren por conversaciones de pasos de baile, la operación de la fulana y tendencias de la moda.


Deborah Turbeville - Untitled

    En ciertos círculos sociales, la desviación intelectual se percibe como una forma leve de disfunción. Una excentricidad manejable. Mis amigas, mujeres funcionales y socialmente eficientes, administran su cuerpo con la precisión de un protocolo corporativo: cuentan centímetros, aplican kilos a las pesas, optimizan glúteos. Yo, en cambio, tengo dificultades para recordar si tomé el antialérgico de la mañana, pero puedo recitar versos de Plath con la misma convicción con la que ellas defienden el ayuno intermitente. En ese ecosistema, mi presencia genera una mezcla de ternura y desconcierto, como quien encuentra un poemario en medio de la cancha de pádel.

    No me malinterpreten. No tengo nada en contra de la belleza. El problema es que parece ser lo único que importa. Ya no se trata de dietas estrictas ni sufrimiento físico: ahora todo viene envuelto en discursos de autocuidado, salud emocional y “alineación energética”. El cuerpo se trabaja desde el amor propio, dicen, pero sigue siendo una obsesión medida en antes y después. Meditan para moldear el abdomen. Se conectan con su “yo interior” mientras hacen sentadillas con bandas elásticas. La estética dejó de ser un mandato religioso para volverse un dogma zen: más suave en el tono, igual de implacable en el fondo. 

    El cuerpo femenino, en la economía contemporánea, funciona como una startup: requiere inversión constante, se mide en métricas inestables (IMC, porcentaje de grasa, número de seguidores) y, sobre todo, debe generar rendimiento estético. La mujer promedio ya no tiene un cuerpo: tiene un proyecto corporal. Las conversaciones giran en torno a mejoras continuas, nuevas estrategias de rendimiento y una devoción fanática por resultados visuales. El mercado premia la especialización. La mujer que domina el lenguaje técnico del fitness y la cosmética se convierte en una especie de tecnóloga del deseo. Habla con autoridad sobre péptidos, sueros antioxidantes, tipos de colágeno, como si se tratara de algoritmos financieros. En cambio, la conversación cultural —ya sea sobre literatura, filosofía o música— ha sido degradada a una rareza inútil, comparable a coleccionar estampillas o hablar latín. Interesante, sí. Pero irrelevante. El nuevo contrato social es claro: todo lo que no se puede fotografiar, no existe. Y si existe, molesta. 


Deborah Turbeville - "Unseen Versailles"

    No es fácil sostener la autoestima cuando el canon te susurra, todos los días, que eres insuficiente. No lo digo desde la superioridad moral de quien se cree más por leer poesía o tener una filosofía bandera. Lo digo desde la trinchera de una mujer que batalla contra el espejo, pero también contra el silencio de sentirse invisible. No espero cambiar el algoritmo. A veces solo quiero leer en paz sin sentirme un fósil cultural. O al menos, que alguien me diga que tener una mente inquieta sigue siendo deseable, aunque no tenga los abdominales definidos.     

    Pero claro, todo esto es irrelevante cuando estás en una reunión y alguien suelta que la felicidad es tener el cuerpo de gimnasio. Ahí te repliegas, pides otra copa y sonríes en silencio, calculando cuántas páginas de Lispector podrías haber leído en ese tiempo, o sintiendo algo de lástima o simplemente incomodidad por seguir torturándote a estar en un lugar donde simplemente no encajas. La cultura no adelgaza, no broncea, no tonifica. Solo te hace más consciente. Lo cual, en estos tiempos, es una clara desventaja competitiva.

    La mente inquieta no cotiza. No tiene patrocinadores ni tutoriales virales. Es un producto difícil de empaquetar, casi imposible de monetizar. Las ideas, a diferencia del cuerpo, no se reflejan en un espejo. Y por eso resultan sospechosas, incómodas incluso. A nadie le gusta sentirse superado por una mujer que, además de no entrar en la talla correcta, lee.

    Así que te adaptas. Aprendes a dosificar. A reservar opiniones, racionar temas incómodos, a encajar a punta de botellas de vino, a disfrazar la lucidez con ironía para no parecer intensa. Hasta que, de vez en cuando, aparece alguien con una mirada, un comentario, una pregunta genuina que te recuerda que no estás sola. No cambia nada, claro. Pero por un instante, el vino sabe un poco menos a derrota.

Comentarios

  1. Es bueno saber, que no estoy tan sola en este sentimiento de no encajar, de que tu intelectualidad es una rareza y casi una marca de paria que no asemeja a la manada que mete mas bullicio.

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