Cenar en Arica: crónica de un desencanto anunciado

Dicen que en la mesa se forjan amistades, se sellan pactos y hasta se declaran amores eternos. En Arica, en cambio, uno más bien forja paciencia, refuerza el estómago y revalida la fe en la autosugestión: esto debe estar bueno… ¿no?


Cubiertos mal puestos, una servilleta de papel sucia y arrugada
 como parte de aesthetic de esta mesa de restaurante "gourmet"

    Empecemos con lo básico: es caro. Pero caro, no en plan “me doy un gusto”, sino nivel “mejor me compro un pasaje a Cusco y ceno en el Tupay del Monasterio, donde encima me regalan una función de ópera en vivo”. Porque sí, por el mismo precio uno podría estar escuchando a un tenor mientras saborea un lomo al tartufo y un souffle que coquetea con la perfección. En Arica, en cambio, uno paga cifras astronómicas para repetir los mismos tres platos reciclados en cada menú, menúes que por cierto podría recitar de memoria de lo repetitivos que son.

    Que no se malinterprete: Y que no se malinterprete: hay lugares donde se come bien (La Negra, Albertina, Medina’s, Rayu), pero la variedad y la innovación brillan por su ausencia. La cocina aquí no se arriesga ni juega, prefiere repetir fórmulas seguras y evitar cualquier sobresalto creativo.  Si Balzac levantara la cabeza y leyera sus cartas, probablemente se reiría con ese desprecio refinado que reservaba para los mediocres. El arte de la gastronomía, esa alquimia que mezcla sabor, técnica y poesía, aquí está ausente. Arica no solo repite los platos, repite la falta de imaginación con una devoción digna de misa dominical.

    Porque Arica no solo repite los platos; repite también un mismo patrón social: el de una ciudad donde el precio se confunde con la calidad, donde pagar más parece sinónimo de “exclusivo” aunque lo servido no esté a la altura. Una ciudad que cultiva con entusiasmo el arribismo y el clasismo, que mira con recelo todo lo que viene de fuera y que, paradójicamente, se enorgullece de una “cultura gourmet” que en realidad es más fachada que sustancia.


"Cuando se confunde ‘fine dining’ con llenar copas vacías y sillas de polipiel."

    La atención al cliente, ese noble arte que puede elevar una cena a la categoría de experiencia, aquí es tratada como una molestia menor. Pedir la carta es casi un acto heroico. Aunque, seamos precisos: no te entregan una carta, te lanzan un código QR, ese invento infame que, en teoría, venía a modernizar el mundo y terminó convirtiendo la experiencia gastronómica en un trámite bancario. Nada mas "rasca" (palabra que les encanta usar a los ariqueños "de bien") que tener que sacar el celular —con la funda mugrienta y las notificaciones de WhatsApp explotando— para escanear un código y ver el menú en letra tamaño hormiga. 

    La idea de un verdadero fine dining, esa ceremonia de tiempos pausados y atención minuciosa, en Arica no es un mito urbano; es directamente un relato fantástico digno de Borges, un espejismo que desaparece en cuanto el mesero se acerca. Porque no, aquí nadie conoce la diferencia entre una copa de tinto y una de blanco. Aquí el maridaje se resume a “¿va a querer bebida o jugo?”. Y la servilleta de tela… ah, esa reliquia que en TODA mesa ariqueña está siempre ausente. Hoy, si no se te deshace en la mano la servilleta de papel (con suerte), te puedes sentir privilegiado.

    ¿Los tiempos de una cena? Olvídalo. Para muchos de nosotros, cenar no es solo alimentarse: es un ritual, un viaje sensorial; más aun si vas dispuesta a pagar por ello. El aperitivo no es un trámite, es la obertura de la ópera. Yo quiero sentarme con mi pisco sour, quizás un abreboca pequeño, un crostini o un bocado que me haga conversar sobre la vida antes de lanzarme al plato principal. Pero en Arica, mientras miras tu copa con a penas dos o tres sorbos, ya están plantándote el fondo en la mesa como si la cocina estuviera en huelga y tuvieran que desocupar las ollas antes de las 21:00. Y no crean que es porque quieren que desocupes la mesa rápido; no, para nada. No hay tal urgencia. Basta mirar alrededor un viernes a las 9 de la noche: la mitad de las mesas están vacías, no hay fila (que por cierto nunca he visto gente esperando por mesa, salvo sea almuerzo patotero de domingo y, seamos claros, almorzar es una experiencia totalmente distinta al cenar). Aún así, con mesas el sepulcral silencio, tienen el descaro de dejarte plantado en la entrada como si esperaran la llegada de un embajador. Hasta que, harta de sostener la dignidad y la cartera, terminas por sentarte tú mismo, con una sensación de suma incomodidad y algo de vergüenza.


El refinado arte de servir la limonada, acompañado de la inconfundible elegancia del QR en display.

    Pero el gran pecado de la gastronomía ariqueña no es solo la falta de técnica ni el servicio errático: es la absoluta ausencia de alma. Aquí la “alta cocina”, lamentablemente, parece confundir precio con clase. Una ciudad donde el arribismo le gana al gusto, donde la etiqueta es tan invisible como la innovación culinaria. Para muchos, cenar sigue siendo sinónimo de “sacarse la foto para Instagram”, no de vivir una experiencia memorable. Mucha foto de plato con microbrotes y pinceladas de salsa, pero poca comprensión real del arte de agasajar. Porque cenar no es solo comer: es escuchar el ritmo de los cubiertos (que por cierto, en ningun restaurante saben colocar sobre la mesa de manera correcta), dejar que el tiempo se diluya entre sorbos y risas, sentir el cuidado de un servicio que, como un buen mayordomo literario, se anticipa a tus deseos.

    ¿Queremos tanto? No, realmente. Queremos lo básico bien hecho acorde a los precios que esta ciudad ostenta. Sabores que nos sorprendan, servicio que nos abrace y detalles que nos recuerden que aun podemso educarnos en el arte de la mesa bien servida. Queremos ser recibidos como invitados, no tratados como un número más en un espacio a desocupar.

    Arica podría —y debería— aspirar a más. Tiene ingredientes frescos, influencia multicultural, una costa de paisaje. Pero mientras la creatividad siga siendo un rumor y la hospitalidad un concepto mal entendido, seguiremos saliendo a cenar con la ilusión de una experiencia y regresando con la amarga certeza de que en casa, con mi despensa llena de aceites extra cirgen, mieles fde ulmo y montaña y mostazas a la antigua, la experiencia es siempre mejor.

    Y sí, quizás yo también soy parte del problema: vuelvo, me quejo, y escribo crónicas que nadie pidió. Pero alguien tenía que decirlo.

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