Cenar en Arica: crónica de un desencanto anunciado
Dicen que en la mesa se forjan amistades, se sellan pactos y hasta se declaran amores eternos. En Arica, en cambio, uno más bien forja paciencia, refuerza el estómago y revalida la fe en la autosugestión: esto debe estar bueno… ¿no? Cubiertos mal puestos, una servilleta de papel sucia y arrugada como parte de aesthetic de esta mesa de restaurante "gourmet" Empecemos con lo básico: es caro . Pero caro, no en plan “me doy un gusto”, sino nivel “mejor me compro un pasaje a Cusco y ceno en el Tupay del Monasterio, donde encima me regalan una función de ópera en vivo”. Porque sí, por el mismo precio uno podría estar escuchando a un tenor mientras saborea un lomo al tartufo y un souffle que coquetea con la perfección. En Arica, en cambio, uno paga cifras astronómicas para repetir los mismos tres platos reciclados en cada menú, menúes que por cierto podría recitar de memoria de lo repetitivos que son. Que no se malinterprete: Y que no se malinter...